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Este es un intento de exponer en términos sencillos qué es el veganismo, por qué y cómo llegó a existir, y de sugerir lo que podría significar para la humanidad.
La palabra «veganismo» es un símbolo que representa un gran cambio, una nueva mutación comparable a la liberación de los siervos y a la liberación de los esclavos.
Su definición oficial —«la doctrina de que el hombre debe vivir sin explotar a los animales»— es exacta, precisa y comprensiva, pero no siempre se la entiende del todo. Esto no es tan sorprendente como pudiera parecer, pues rara vez nueve breves palabras han consagrado una reforma tan vasta, cuya consecución traería un mundo nuevo y hombres nuevos para habitarlo.
¿Por qué creemos que debemos vivir sin explotar a los animales? Dicho de otro modo, ¿por qué se formuló semejante doctrina?
La respuesta última, si no la inmediata, es reveladora, pues demuestra la verdad de la afirmación de que el veganismo no es un mero brote lateral en la evolución humana, sino un crecimiento central y expansivo de considerable importancia.
El veganismo debe su nacimiento al hecho de que, en el punto más profundo de nuestro ser, creemos inquebrantablemente en la libertad —quizá en particular quienes nacieron y se criaron en estas islas de tradición amante de la libertad—.
La libertad de vivir nuestra propia vida a nuestra manera, según nuestra propia luz interior, es fundamental para nuestra visión de la vida misma. Es a la luz de este concepto donde hallamos el verdadero significado de la reforma vegana. Solo cuando la vemos como una doctrina no de restricción (como creen erróneamente quienes se le oponen), sino de libertad, la comprendemos plenamente.
El hecho es sencillo: que, en el fondo mismo, el veganismo es la más reciente de las mareas periódicas que han marcado la corriente de la libertad desde que la historia comenzó. Se distingue de sus predecesoras por el hecho de que aporta un rasgo enteramente nuevo y distintivo a la larga lucha por la libertad; ha empujado la marea de la libertad más allá de lo que hasta ahora se había tenido por su frontera natural: el concepto del hombre libre. Hasta la llegada del veganismo, comparativamente pocos hombres consideraban a los animales dignos del derecho a ser libres o merecedores de él, y probablemente aún menos advertían el impresionante efecto que la concesión de tal derecho tendría sobre la libertad del hombre mismo.
El significado real e imborrable del veganismo es su demostración devastadoramente lógica de que, al negar a los animales el derecho a ser libres, el hombre mantiene cerrada contra sí mismo la puerta hacia su propia y ulterior búsqueda de la felicidad.
Creer en el derecho a ser libre significa inevitablemente que concedemos ese mismo derecho a los demás. Si fallamos en esto, negamos el principio mismo. Convertimos así el 1984 de Orwell en una posibilidad lógica y la esclavitud de un hombre respecto de otro en un acto justificable. Dicho de otro modo, la ley de la libertad —que es también la ley del amor— no conoce límites. Porque en su mente el hombre ha excluido a los animales de su alcance, le ha impuesto límites arbitrarios, y al hacerlo ha cosechado lo que sembró: una severa limitación de su propio progreso. Es sobre este factor, esta barrera tan poco reconocida al crecimiento ascendente del hombre, sobre lo que el veganismo arroja una luz tan implacable y reveladora.
Cuando pasamos a la cuestión de cómo vino el veganismo al mundo, encontramos un excelente ejemplo del camino indirecto que a veces adoptan las fuerzas del destino.
El hecho prosaico es que la semilla del veganismo brotó de un año de discusión en las columnas de correspondencia de The Vegetarian Messenger acerca del argumento moral contra el uso de los productos lácteos por parte de los vegetarianos. Al término de la correspondencia, un puñado de vegetarianos decidió que le gustaría constituirse en un grupo «no lácteo» dentro de la Vegetarian Society. Pero la Sociedad se negó y sugirió que esos pocos miembros fundaran una organización propia. Así fue la Vegetarian Society la sierva involuntaria del destino, pues el resultado directo de su acción fue la fundación de la Vegan Society en noviembre de 1944.
La nueva sociedad no se contentó por mucho tiempo con ser meramente «sin carne, sin lácteos, sin huevos, sin miel». Mercancías como la piel, el cuero y la lana se sumaron a los alimentos animales como cosas «no veganas». Hubo un temprano intento de llegar a la raíz de lo que está mal en la relación entre el hombre y los animales; de abordar la causa antes que sus efectos casi incontables. Sin embargo, no sin algunos años de tensión y esfuerzo internos pudo la sociedad precisar qué quería hacer. Se decidió finalmente el 11 de noviembre de 1950, cuando acordó, en una junta general extraordinaria, que lo que quería hacer era poner fin a la explotación de los animales por el hombre.
Entre 1944 y 1950 el significado íntimo y verdadero del veganismo se mantuvo «en disolución», indefinido e incompletamente reconocido. La motivación «no láctea» fue desde el principio claramente insuficiente como significado final; no era en realidad más que el movimiento desencadenante que impulsó al mundo una verdad nueva y profunda. En 1950, cuando el significado del veganismo se hizo generalmente evidente, se formuló en una frase sencilla que se insertó en la constitución de la sociedad.
Desde 1950 no ha habido duda alguna en cuanto a su significado. La breve definición citada en la primera parte del artículo queda ampliada por la Regla 4 (a): «la Sociedad procurará poner fin al uso de los animales por el hombre para alimento, mercancías, trabajo, caza, vivisección y todo otro uso que implique la explotación de la vida animal por el hombre».
Aunque antes de 1950 hubo bastante discusión sobre qué era en realidad el veganismo, una cosa nunca estuvo en duda: la fuerza impulsora tras el movimiento era, y sigue siendo, la compasión por los animales, nacida del trato que reciben a manos del hombre. Fue la compasión la que llevó al primer puñado a unirse en 1944, y es la compasión la que proporciona la fuerza motriz hoy.
Como sociedad, una parte importante de nuestra labor es poner en conocimiento de los hombres de todas partes algo que de otro modo podría escapar a su atención: la importancia integral de la emancipación animal.
Los animales le presentan al hombre la prueba suprema de su dignidad y su capacidad de avanzar: la prueba de cómo se comporta hacia aquellos sobre quienes posee poder.
Es triste, pero cierto, que ante esta prueba, la mayoría de las veces, busca sus propios fines a costa del sufrimiento de los animales. Los caza, los sacrifica, los viviseca y los esclaviza. Para obtener su leche les inflige una de las menos dignas de todas sus explotaciones: la separación deliberada y forzosa de la vaca madre y su ternero recién nacido. Toma al caballo salvaje, libre y noble, y lo doma, lo castra y lo unce. Su plegaria constante no es tanto por el pan de cada día como por la carne de cada día. Bien puede disculparse al hombre compasivo por preguntar sin rodeos qué clase de relación puede ser esta, que tiene por símbolos el látigo, el bocado y el cuchillo del matarife.
El escritor estadounidense Henry Bailie Stevens ha sostenido que uno de los «rumbos equivocados» que tomó el hombre en algún punto de su evolución fue la esclavización («domesticación») de los animales. La tesis es, cuando menos, lógica. No hay mucho sentido común, por ejemplo, en pedir paz en la tierra y al mismo tiempo librar lo que equivale a una guerra contra los animales.
Lo que se necesita para empezar a corregir esta desviación evolutiva es la aceptación de la idea de que la emancipación animal es un fin deseable. Si un número suficiente de personas experimentara semejante conversión mental, entonces las destrezas y el ingenio de los hombres podrían emplearse en desarrollar alternativas a aquellos productos de origen animal que la mayoría de los hombres cree, sin duda, esenciales para su bienestar. Esos productos —una leche no animal enteramente satisfactoria es un ejemplo— son necesarios si ha de lograrse la aplicación práctica universal del ideal. Pues los hombres y las mujeres no son todos iguales, y hay muchos para quienes los obstáculos prácticos han de parecer por ahora insuperables. No podemos cerrar los ojos al hecho indudable de que, para tales personas, tales obstáculos son reales y no imaginarios.
A fin de proveer al movimiento vegano de recursos y destrezas suficientes, es vital atraer gente a él. El método más inmediato es la difusión de la idea: la idea de la emancipación animal. Daremos la bienvenida a los conversos de cualquier grado —tanto a quienes no puedan prometer más que la aceptación mental como a quienes, fielmente y en la medida de sus fuerzas, lleven a la práctica diaria su aceptación del ideal—.
A medida que la idea vaya siendo cada vez más aceptada, crecerán las oportunidades de hacer el camino más fácil y atractivo para aquellos cuya naturaleza no es la del pionero. Al par que se vayan retirando gradualmente los obstáculos a la práctica personal, habrá que prestar atención a la cuestión de cómo nos proponemos tratar a los animales en general tan pronto como el paso de la explotación a la libertad alcance cierta etapa. No es difícil advertir que semejante transición traerá consigo problemas de carácter amplio y general. Nadie, y menos que nadie el vegano, desea un mundo sin animales; y cómo nos proponemos, en general y en detalle, efectuar el viraje de la explotación y la perversión a la libertad y la naturalidad será todo un tema de conversación cualquier buen día.
Si se me permite intercalar una observación personal, hay pocas cosas más deseables que pediría a la providencia que la de que semejante día amaneciera mientras yo aún estuviera aquí para vivirlo. ¡Qué glorioso, por ejemplo, tomar parte en un debate para decidir si, a los fines de la transición, debería establecerse un parque natural o un santuario de animales en esta o aquella parte del país, y exactamente cómo habría de planearse!
Cuando el veganismo alcance semejante etapa, habrá habido un inmenso cambio de corazón y de mente en la mayoría de los hombres y las mujeres. La idea de explotar a los animales será entonces tan repugnante como lo es hoy la idea de la esclavitud humana. Algunos de los cambios en la vida cotidiana son evidentes. No habrá, por ejemplo, carnicerías, y el lechero (si aún hace su ronda) repartirá leche vegana. Los campos no estarán cargados con la angustia de las vacas que claman por sus terneros. No habrá mataderos, ni laboratorios de vivisección; nadie cazará animales por diversión…
Pero algunos de los cambios no son tan evidentes. Los beneficios que para el hombre mismo tiene el vivir en un mundo más bondadoso e ilustrado solo pueden vislumbrarse en sus rasgos más generales. Su salud, física y mental, mejorará enormemente. Porque se habrá despojado de buena parte de lo más burdo de su naturaleza, los beneficios del espíritu lloverán sobre él: beneficios que hoy, por su propia voluntad miope, se niega a sí mismo.
Tal es la materia de los sueños… Para hacerlos realidad se requiere que cada uno cumpla la parte que le corresponde. Nos hallamos en los estados más elementales de la nueva mutación. Somos los pioneros.
— Leslie J. Cross
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